Al final del arcoíris


Autor: Sofiare

Fecha publicación: 24/02/2022

Relato

Al final del arcoíris

- Ustedes nunca creen en nada de lo que les cuento- decía Marcela mientras avanzaba apurada por la callecita que los llevaba hasta el puente que tenían que cruzar para llegar hasta la otra orilla, en donde la nieve estaba blanca y sin pisadas – pero les aseguro que algo brilló por acá. Lo vi desde la ventana de casa.
- Creo que te creíste demasiado las historias que nos contaron de niños – la acusó Jeremías fastidiado de caminar tan rápido.
Francisco, el más pequeño, como siempre iba callado detrás, distraído con los picos de las montañas que lo rodeaban. Anoche había nevado fuerte y hoy, luego de un breve periodo de sol, había vuelto a llover. De seguro los esquiadores ya estaban de regreso a las pistas Lo único que le entusiasmaba era terminar jugando con sus hermanos y armando el primer muñeco de nieve del año. Le habían prometido que, si venía con ellos, al final iban a jugar ‘’un rato con la nieve’’. Aunque las palabras de su hermana solían sonar ciertas, esta vez sospechó que solo le prometían eso pues no podían dejarlo solo en la casa, mientras sus padres estaban afuera trabajando.
- De más está decir que si encontramos un tesoro, mi parte va a ser la mayor porque soy la más grande y además la que propuso esto, eso está claro, ¿no?
- Que tontería – protestó Jeremías – o repartimos en partes iguales o lo dejamos donde está. Así siempre dice papá.
- Y mamá no está de acuerdo con eso- recordó Francisco, pero ninguno le hizo caso. Usualmente lo mandaban a callar o ni siquiera le prestaban atención – el que más trabaja es el que gana más… por eso yo no tengo ahorros- continuó, hablando solo.
- Vemos que pasa cuando logremos sacar el tesoro. Ahora, ¡apúrense, antes que desaparezca o alguien más lo encuentre!
La tormenta había pasado hacía ya unos minutos, pero aún flotaba en el ambiente una sensación húmeda y refrescante, decorada por el magnífico arcoíris que nacía de entre las nubes y moría justo al final de la ciudad, al otro lado del rio Escrita ya en la parte menos poblada del pueblo. Era la segunda vez que Marcela iba detrás de un arcoíris durante las vacaciones de invierno, esperando encontrar un tesoro al final de este, como decía la leyenda. Sin embargo, era la primera vez que invitaba a sus hermanos a venir con ella. En la anterior travesía se había lanzado sola y cuando empezó a cavar, donde sospechaba que moría el arcoíris, se había quedado sin fuerzas a los pocos minutos y se volvió a casa con las manos vacías.
Con ella al frente, entraron al puente de piedra y apurados, adelantaron a dos jóvenes que iban en la misma dirección, andando despacio y entre risas.
La muchacha, más grande, ayudaba andar a un pequeño que se movía en forma extraña usando unas muletas.
-El petróleo no suele brotar de lugares como este ni en la nieve, más bien lo encuentran en el medio del océano, pero… quien te dice, a lo mejor es nuestro día de suerte si hacemos un pozo profundo.
- Vamos a poder comprar mejores cosas para la casa y hacer que mamá no tenga que trabajar tanto y podamos venir más a nieve, como antes de que papá se enfermera.
Los otros tres hermanos escucharon la breve conversación mientras los adelantaban, tratando de no chocarlos y de disimular la ansiedad que tenían por llegar del otro lado antes que ellos.
De igual manera, si esos hermanos iban también a buscar el final del arcoíris, con esa palita y balde de plástico no iban a poder cavar muy profundo para sacar el tesoro.
Cuando llegaron del otro lado, fueron andando por la orilla sobre las pocas piedras que no tenían nieve y hacían la caminata más fácil y vieron como a pocos metros del agua, un potente haz multicolor se fundía con la tierra en un estallido de gotas mágicas.
-Ahí está - dijo Marcela y se lanzó a correr seguida por Jeremías. Francisco los miró y luego se volvió hacia los hermanos que se acercaban sin apuro, divertidos.
La verdad que le apetecía más ver si podía jugar con ellos, en lugar de hacer fuerza con sus hermanos para encontrar una supuesta olla con oro. Porque, aunque lo encontraran, siendo el más chico y con menos fuerza de los tres, le tocaría una porción pequeña del tesoro.
-Dale, Fran, movete que necesitamos tu fuerza- le gritó su hermana, en tono burlón.
- No quiero cavar, quiero ir a jugar – dijo yendo detrás de ellos.
-No hay tiempo para jugar, hay que trabajar- dijo Jeremías, enfadado. Sin mucho esfuerzo lograba parecerse a su padre con esas palabras.
Arrastrando los pies, Francisco se acercó a sus hermanos y se sentó en una piedra a verlos cavar por turnos con la única pala de hierro que tenían.
Haciéndose sombra con una mano, los miró y sonrió por su desespero y al ver como se iban llenando la cara y el pelo de nieve. Le hizo acordar cuando años atrás, jugaban todos en el patio de su casa haciendo muñecos e incluso castillos de nieve en donde podían entrar agachados.
La verdad que no le interesaban los tesoros, pero sí se alegró de verlos trabajar juntos y sin pelear, por primera vez en el día y en la semana. Y eso que ya era sábado.
Mientras los dos hermanos se turnaban para cavar, el arcoíris fue disminuyendo su intensidad y justo cuando sentían que se quedaban sin fuerzas, la pala tocó algo duro.
-¡Toqué algo! – anunció Marcela.
Los dos buscadores se tiraron de narices en el pozo y con las manos trataron de despejar la tierra para ver que asomaba abajo. Tocaron una bolsa de arpillera y desesperados, tratando de robarse la pala para hacerlo más rápido que el otro, lograron hacer una zanja a su alrededor y abrieron la bolsa para ver su contenido.
- ¡Está llena de monedas! - gritó Marcela, feliz.
- ¡Era verdad! - celebró Francisco levantando sus bracitos.
- Dame tu pala, yo la saco – dijo Jeremías arrancándole la herramienta de mala gana. Empezó a hacer palanca para tratar de hacer sobresalir la bolsa y entonces Marcela, ansiosa y desconfiando que su hermano se apoderaría del botín, lo empujó y recuperó su pala.
Cuando la bolsa estuvo al descubierto y las monedas brotaron por los agujeros de la bolsa rota, los dos hermanos se abalanzaron rápidamente sobre el premio.
-¡No, es mío!- gritaba Marcela y se tiró sobre el hoyo para tratar de cubrirlo mientras metía un brazo y sacaba puñados de monedas – Yo dije que existía, ustedes no quisieron venir.
- Pero te ayudé a cavar el pozo, sino no podrías sacar la bolsa vos sola.
- Soy la hermana más grande, me corresponde un poco más entonces.
- Pero vos dijiste que lo repartiríamos.
- Y eso quiero hacer, pero vos te lo queres robar todo.
- ¡Vos te lo queres robar, no yo!
De esta manera, entre empujones, tirones de pelos y manotazos, los dos hermanos se enfrentaron delante de Francisco, que los miraba con cara de aburrimiento.
Luego miró hacia la costa y vio como los dos hermanos que antes habían cruzado en el camino, estaban ya cerca del agua construyendo con un castillo blanco. Sobre ellos parecía flotaba ahora una nube mágica de gotitas de agua que volaban luego de que la corriente chocara contra las piedras.
Francisco miró una vez más a sus hermanos y luego al pozo que habían cavado. Le pareció que la bolsa de monedas se estaba hundiendo, como queriéndose esconder y salvarse de la pelea, pero no se quedó a ver hasta donde bajaba. Prefería ir a jugar con los otros hermanos antes que quedarse junto a los suyos.
Cuando Marcela y Jeremías se cansaron de tirarse nieve, se arrastraron hasta su pozo para descansar y contemplar de cerca el motivo de tanta pelea.
Cuando cayeron cerca de este se paralizaron al descubrir que…
- Desapareció la bolsa. ¿Que… dónde? ¿Cómo? ¡¿Dónde están las monedas?! – preguntó desesperada y se zambulló de cabeza en el pozo, tratando de sacar la tierra suelta y seca que había en el fondo.
-Desapareció- murmuró Jeremías, aturdido.
Miró a su alrededor y vio que su hermano menor estaba parado cerca de otros jóvenes que jugaban en la orilla. No tenía nada en sus manos, así que él no se había llevado la bolsa.
- Tiene que estar acá. Se debe haber enterrado más.
La bolsa no volvió a surgir en la tierra. Los dos hermanos cavaron durante casi una hora, haciendo el pozo más grande y profundo, hasta que al final, agotados, se rindieron.
- Capaz fue solo una ilusión – dijo Marcela, que de tan cansada que se sentía, empezaba a desconfiar de lo que veía.
- Pero yo toqué las monedas… Estoy seguro de eso porque en ese momento pensé en que iba a gastar mi parte – dijo con pena el otro.
Se quedaron unos minutos sentados, con los brazos caídos y las piernas estiradas, desconcertados, cansados y con sueño gracias al sol que se iba apagando poco a poco.
Apenas parpadearon cuando se oyeron a lo lejos risas de niños.
- Volvamos a casa- propuso Jeremías luego de un largo silencio y cuando su hermana le extendió los brazos para que la ayuda a levantarse, él ni siquiera la miró y pasó de largo. Estaba agotado, apenas si podía ayudarse a sí mismo para andar.
Marcela logró ponerse de pie sola y llamó con pocas ganas a su hermano menor que jugaba lejos.
- Fran… vamos… a casa- susurró.
Imposible que alguien la escuchara, pero su hermano menor pareció alertarse del movimiento y le hizo señas para que se fueran.
- ¡Voy más tarde, ya sé el camino!
Los dos hermanos mayores se alejaron y Francisco se quedó construyendo castillos con la nieve húmeda y limpia que sacaban de un pozo que, sin apuro, iban cavando.
Fue el pequeño con malas piernas el primero en notar que había algo enterrado más abajo. Con su palita de plástico y sus manos, que por suerte eran más fuertes y ágiles que sus piernas, logró despejar la nieve que apretaba la bolsa y al abrirla descubrió cientos de monedas adentro.
No hubo escándalo ni empujones, solo silencio para mirar largamente las monedas. Cuando al final se conformaron comprobando que todas eran iguales, las contaron y dividieron en tres partes iguales.
Cuando Francisco recibió su porción, entre sorprendido y asustado, contempló las monedas unos segundos y luego se las pasó al niño.
-Quédatelas, no es que no me gusten, pero… no creo que en casa las necesitemos – y movió un poco sus manitos para que el otro niño se animara a tomarlas – Además, de seguro tengo después problemas con mis hermanos que estaban buscando esto y por pelearse… hicieron que desaparezca. Prefiero que las usen ustedes. ¡Ya sé! Comprá otra pala de plástico, para que la próxima vez que nos encontremos podamos construir más castillos. En mi familia nadie tiene tiempo para jugar de tanto que trabajan – dijo poniéndose de pie y limpiándose el short – y eso que supuestamente venimos a la casa de invierno a esquiar y descansar. Tengo que irme. Gracias por dejarme jugar con ustedes. La próxima vez seguro encontramos petróleo – dijo y se fue.
Unos metros más adelante, cuando ya estaba llegando al puente de piedra, Francisco se volvió para ver a los hermanos. Pensó que estarían debatiendo en que gastar las monedas encontradas, y, sin embargo, los descubrió sentados, tranquilos, de cara al rio y viendo como el sol caía a lo lejos.
Cuando el espectáculo natural terminó, la hermana ayudó a levantarse al niño y sin apuro, caminaron juntos al paso que dictaban las muletas y los bolsillos llenos de monedas.