25 kilómetros de pura satisfacción personal


Autor: Leki

Fecha publicación: 19/03/2022

Relato

25 kilómetros de pura satisfacción personal

Lo que me dispongo a narrar a continuación no se trata de una historia inventada sino de una anécdota que viví en el verano de 2019 Como se trata de una historia real con personajes reales, les cambiare los nombres para preservar su anonimato, aunque ellos sabrán muy bien quien es quien.

Los llamaré Antonio, Eustaquio, Marcela, Roberto y Ricardo. Los conocí on-line en un juego y tras meses hablando decidieron invitarme a pasar una semana con ellos en un apartamento de Sort.

Me encantaría explayarme sobre todas las anécdotas que ocurrieron durante el viaje, como perdí el tren en Pamplona o como me persiguió un hombre al salir del tren a Lleida, lo extraño que hizo aquello las presentaciones con mis amigos al llegar o cómo lo perdimos por las calles de ciudad. También podría hablar sobre cómo tuvimos que correr por la Pobla de Segur para coger el bus, la llegada a Sort y todo lo referente al primer día en el apartamento sin olvidarme del curioso caso de la tortilla voladora o de los cuadros que desaparecían.
Pero tengo un espacio limitado para escribir esta historia y me gustaría aprovecharlo para hablar del que fue sin duda alguna el día más memorable de todos. El día de la excursión a Espot. Concretamente la excursión al lago San mauricio.

El 16 de julio a las nueve en punto de la mañana nos encontrábamos los seis esperando en la parada del bus. En las caras de mis amigos se podía ver que la mayoría, de haber podido, habrían permanecido una o dos horas más en la cama. Pero no era momento de dormir. La aventura nos llamaba y el sol hacía rato que había salido. O eso suponíamos, pues una uniforme capa blanquecina de nubes cubría el cielo por completo.

Comenzamos el largo ascenso hacia el lago llenos de energía y hablando alegremente de nuestros estudios, planes para el futuro próximo y anécdotas variadas. Como había salido aquel día nublado el ambiente era razonablemente fresco a pesar de encontrarnos en pleno verano. Hasta el punto de que Ricardo me pidió la toalla que llevaba en mi mochila para ponérsela por encima. Lo cual, sumado al inexplicable hecho de que había escogido enfrentar aquella subida en chanclas, daba la impresión de que había confundido totalmente el destino de nuestra excursión. Mientras tanto, siendo lo calurosos que éramos de normal, Roberto y yo hacía rato que habíamos decidido prescindir de la camiseta. Pensándolo ahora, estoy seguro de que nuestra variopinta alineación no pasaba desapercibida para el resto de senderistas.

El camino resultó bastante ameno al principio, charlábamos tranquilamente mientras admirábamos el verde paisaje. Pero, poco a poco el cansancio comenzó a notarse en todo el grupo. El camino era en continua pendiente y nuestro estilo de vida sedentario estaba pasando factura. Del grupo solo dos personas, Antonio y Marcela, conocían el recorrido y lo habían hecho antes, por lo que me dispuse a hacer la famosa pregunta:

—¿Cuánto queda?—Pregunté poniendo la entonación de un niño impaciente por terminar un viaje en coche.

—¿Ves esa montaña de ahí? —preguntó Antonio señalando un pico que destacaba sobre el resto — Pues tenemos que verla desde el otro lado.

A día de hoy sé que aquel pico era el Gran Encantat y también sé que en el momento de mi pregunta nos quedaba un montón de camino todavía. Buscando información para refrescar mi memoria he leído que según Google se tarda dos horas y seis minutos en terminar el recorrido.
Pues o cogimos un camino más largo o el señor de Google lo hizo corriendo porque tengo el recuerdo de que nos costó bastante más.

Como habíamos desayunado pronto y de manera frugal, nos entró hambre y decidimos parar a almorzar antes de llegar a nuestro destino. Nos sentamos todos en un gran tronco caído y nos dispusimos a atacar nuestro cargamento a base de pan queso y embutidos que habíamos preparado para la excursión. Aprovechamos también este pequeño descanso para hacernos unas cuantas fotos de grupo para el recuerdo y retomamos la marcha.

Todo había ido bastante bien por el momento. Pero, a apenas unos cientos de metros de la meta, ocurrió el primer contratiempo. Roberto llevaba con una molestia en la zona interior del muslo desde hacía bastante rato. La típica rozadura que, los que estamos acostumbrados a padecerlas de vez en cuando, no le damos mucha importancia. Sin embargo, el dolor se había vuelto cada vez más agudo así que decidimos parar a echarle un ojo. Resulta que, lo que en principio había sido una irritación en la piel, se había vuelto una herida sangrante en toda regla. No veníamos equipados más que con tiritas las cuales iban a ser completamente inefectivas en esta situación. Para empeorar las cosas, de los árboles emergió una enorme vaca seguida de un adorable ternero.
En aquella tesitura nos encontrábamos, vigilando a la bestia cornuda y a su vástago mientras nos planteábamos cómo de eficiente sería confeccionar un vendaje a base de papel higiénico. Por suerte, en ese preciso momento, dos amigas senderistas vinieron al rescate. Una de ellas ahuyentó a los animales mientras que la otra nos ofrecía unas gasas sacadas de un pequeño kit de primeros auxilios, que todo el que se aventure en la montaña debería llevar. Les dimos las gracias a nuestras salvadoras y procedí a vendar a mi amigo. Superado este escollo, solo quedaba llegar al lago. Nuestro destino estaba cerca.

Llegamos finalmente al final del recorrido, impacientes como estábamos. Marcela, Ricardo y yo salimos corriendo ignorando totalmente lo cansados que estábamos. Nos quedamos maravillados con la vista de aquel lugar. El sol hacía un buen rato que había decidido mostrarse e iluminaba en todo su esplendor un lago de aguas cristalinas rodeado de verdes montañas formando un cuadro perfecto. Un cuadro que decenas de personas habían venido a observar aquel mismo día. Mientras contemplaba esa vista recordé las palabras de Herman Melville que en el primer capítulo de su magnum opus, Moby Dick, habla sobre la fascinación del ser humano por las masas de agua. Hasta el punto de recorrer kilómetros para observar aquel precioso lago de montaña. Dejé a mis amigos charlando animadamente en la orilla y salí a dar una vuelta por la zona. Fue entonces cuando un cartel llamó mi atención.

Estany de ratera 2,5 km

Quizá nuestro viaje no había terminado todavía, la idea era tentadora sin duda. Y sabía que no era el único que lo pensaría. Así que, regresé con mis compañeros de excursión y les propuse redondear la aventura con aquel nuevo destino. No me había equivocado en mis conjeturas, pues momentos después ya estábamos en camino.
El nuevo camino era bastante más empinado que el que habíamos recorrido hasta el momento, pero aquellas vistas y aquel pequeño descanso nos habían hecho olvidar por completo el cansancio. O eso me gustaría decir, pero aunque en nuestras cabezas la expectación no dejaba hueco para la fatiga, nuestras piernas se encargaban de recordarnos con cada paso que ya habían trabajado más de lo que les tocaba.
Hicimos una pausa a mitad de camino al llegar a una cascada. He de reconocer que me vi obligado a escalar por ella, aunque claro está, con cierto cuidado de no convertir aquélla en mi última excursión. Tras un rato disfrutando la agradable y refrescante sensación del agua al pulverizarse contra las rocas nos dispusimos a seguir. Sin embargo, tristemente Eustaquio estaba en su límite y a Roberto su herida empezaba a dificultarle mucho el camino. Decidieron que no seguirían subiendo el camino que cada vez parecía más pensado para la cabras que para simples humanos y se sentaron allí mientras esperaban nuestro regreso. El resto hicimos un último esfuerzo y retomamos la ascensión.

Finalmente llegamos, delante de nuestros ojos se nos mostraba un nuevo cuadro tan bonito como el primero, y desde luego mucho más exclusivo pues parecíamos ser los únicos allí arriba. No queríamos demorarnos mucho pues habíamos dejado atrás a parte del equipo, pero nos tomamos un pequeño descanso sobre una gran roca para observar, satisfechos, nuestra recompensa. Mientras nos sentábamos algo llamó mi atención, una gran ave rapaz sobrevolaba la zona. No era el más entendido en el campo de la ornitología, pero sabía reconocer aquella majestuosa ave de vientre anaranjado. Llamé la atención de mis amigos para que se fijaran en el detalle que hacía aquella imagen aún más perfecta. Quizá era la primera vez que veían un quebrantahuesos.

Pronto se perdió entre las montañas y, como para relevar a nuestro alado amigo, las nubes que se habían retirado para dejarnos disfrutar de aquellas vistas, comenzaron a regresar. Y por el color que traían, parecía que esta vez iban a proyectar algo más que su sombra.

No me entretendré a explicar como fue el regreso de vuelta al lago principal así como nosotros no nos entretuvimos en nuestro apresurado descenso. Recogimos a nuestros compañeros y llegamos justo cuando las primeras gotas comenzaban a caer sobre nosotros. Sin muchas opciones, corrimos hacia el porche de lo que supongo que era algún tipo de centro de turismo del lago. Empapados, nos reunimos con el resto de desgraciados que no habían abandonado el lugar a tiempo y esperamos a que cesase el aguacero.

Tras poco más de una hora el sonido de la lluvia sobre el porche dejó de oírse y el sol comenzó a asomar tímidamente. Era el momento del regreso. Pero había que ocuparse de un par de detalles técnicos antes de volver. Veréis, he sido reprendido en numerosas ocasiones por mi afición a recrearme en anécdotas de índole escatológica, pero me veo moralmente obligado a dedicarle un espacio en esta narración a una de las cosas que más me fascinó de aquel lugar. Bien, después de haber pasado todo el día fuera, era normal que la naturaleza llamase a la puerta y te apremiase a ocuparte de ciertos “asuntos”. Normalmente aquello es un engorro en la montaña pues tienes que ocuparte del problema como lo haría el hombre primitivo. Sin embargo, el lago San Mauricio está equipado con una grata sorpresa para aquellos como yo y Eustaquio que hemos de visitar el excusado varias veces al día. Ambos seguimos aliviados las indicaciones del senderista que compartió esta grata información con nosotros. Al llegar a una modesta estructura de madera nos encontramos con una pequeña cola. Mientras esperábamos nuestro turno algo nos había llamado la atención. Antes de salir la gente, se oía el sonido como de unos golpes amortiguados desde dentro. La primera vez nos sorprendió. Pero cuando ocurrió una segunda y una tercera vez, comenzamos a sentir verdadera intriga. Además se podía ver algo en las caras de todos los que salían del baño. ¿Qué ocurría allí dentro?

Cuando fue mi turno lo comprendí. Contemple aquella ingeniosa invención casi con la misma fascinación que había contemplado el lago. El retrete funcionaba sin una cadena, en su lugar había una cinta transportadora que llevaba tus desperdicios a un cajón de compost. Esta se movía mediante una palanca, responsable de los sonidos que habíamos oído. Terminé mis asuntos y salí muy contento de allí, le sonreí a Eustaquio que esperaba el siguiente en la cola, pero no le dije nada. No quería destriparle la sorpresa.

Tras compartir el hallazgo con el resto del equipo y con sus respectivos viajes a comprobar la veracidad de nuestras palabras, decidimos emprender el regreso. No me queda espacio para hablar sobre el regreso pero no ocurrió nada más digno de mención. Simplemente, seis amigos, cansados pero felices, llegaron tras un buen rato a un pueblecito de montaña llamado Espot. Allí se sentaron en un banco a esperar al bus, mientras uno de ellos enseñaba el resultado de la excursión en su móvil. Veinticinco kilómetros recorridos y casi mil metros de desnivel. Y sin embargo, por lo satisfechos que se sentían, se había hecho corto.